De Portugal a Argentina y España con Manuel Louzada “Los grandes vinos son vinos de detalle”

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Siguiendo la tradición de los antiguos navegantes portugueses, Manuel Louzada no ha parado de buscar tesoros vinícolas en nuevos terruños. El Señorío de Arínzano, primera Denominación de Pago 
de Navarra, es su último desembarco.

“Como enólogo, siempre he buscado los desafíos. Tengo algo de esa sangre portuguesa de los navegantes que salieron a la mar. Tengo que ir siempre descubriendo porque, desde que mi abuelo me metió en el mundo del vino a los cinco años con un primer sorbo de espumante de Bairrada, aprendí que es un mundo de diversidad y me encanta comprender lo que es diferente. No entiendo a los enólogos que sólo beben sus vinos. Es fantástico buscar y conocer otros que te sirvan de inspiración”.

Louzada narra su historia en primera persona, un camino que empieza en Coimbra, Portugal y que llega hasta Arínzano como responsable del grupo SPI, con sede en Luxemburgo y propiedad del millonario ruso Yuri Scheffler, cuyo repertorio incluye también Achaval-Ferrer en Mendoza, Argentina, y una importante participación en las empresas italianas de la familia Frescobaldi, con Ornelaia como buque insignia.

Desembarco en Navarra
Para convencerse del salto adelante tras 18 años en el grupo Moët, Louzada solo tuvo que probar el Gran Vino blanco 2010 de Arínzano.

“Pensé: esto es un terroir espectacular. Y decidí explorar un proyecto que no había tenido el reconocimiento que merece. Hay pocos sitios en el mundo donde todos los planetas estén tan alineados para hacer vinos excepcionales. Aquí se tienen que elaborar algunos de los mejores blancos y tintos de España. Ahora estamos en el primer periodo de cinco años de un proyecto a largo plazo: saber cómo interactuar con los viñedos. Y no hay verdades absolutas”.

Recorremos el viñedo al atardecer en un pequeño jeep, cogiendo aquí y allá unas uvas que tienen sabores muy distintos según suelos e inclinaciones. Las vendimias están comenzando en las parcelas más avanzadas y los matices varietales se manifiestan con claridad. Abajo de las laderas tapizadas de viñedos, la bodega de Rafael Moneo asoma discretamente entre la arboleda que bordea el río Ega y los edificios históricos.

La finca ampara 128 las hectáreas de viña de la primera D.O. de pago del norte de la península.

“La propiedad en sí es un valle con la bodega en la parte más baja y los viñedos en las más altas. Con precipitaciones entre 600 y 650 mm, hay lluvia suficiente y una gran amplitud térmica entre la noche y el día. Un flujo de aire atlántico viene del norte y pierde su humedad en la Sierra de Urbasa, donde se divide en dos corrientes, una que va hacia la Sierra de Cantabria en la Rioja y otra que viene hacia Arínzano. Esta corriente benigna baña y asciende por la laderas que van de los 350 a los 450 metros. Es muy constante y mantiene la sensación de frescura que permite una maduración excepcional”.

La finca tiene una parte montañosa al este del río con suelos poco profundos, polvorientos, en los que arenas finas y loess forman una ligera capa sobre la roca madre de margas de compactación. Es la tierra bendita, el valle del chardonnay, donde la raíz tiene que luchar para conseguir agua y alimento.
En la misma zona alta hay un viñedo que dicen Montico, por lo del monte. “Un tempranillo fresquísimo, fantástico, de una elegancia increíble por su maduración límite, que el año pasado vendimiamos el 23 de noviembre y que va para el gran vino”. Más abajo, acercándonos al río, empiezan los suelos aluviales y encontramos el merlot, el único viñedo de la finca que cuenta con certificación ecológica. “Cuanto más lo descubro, más me gusta porque tiene un enorme frescor aromático y gustativo con las notas de frambuesa bien marcadas, carnosidad, acidez y una textura fantástica”. Hacia el sur hay un viñedo de cabernet sauvignon “que quizá necesite un poco más de exposición para perder su carácter vegetal” y, al otro lado del Ega, al oeste, hay una planicie a unos 350-400 m de altitud con tierras más rojizas y cantos rodados que alberga la  otra gran viña de chardonnay, que produce vinos de frescura proverbial pero sin la complejidad de la otra orilla. “Con menos niveles de expresión, es ideal para nuestro blanco de entrada: Hacienda de Arínzano”. La puesta de sol ilumina el paisaje con brillos rojizos y sombras de nubes cambiantes. No cabe duda de que estamos en un terruño con efectos especiales.

Las lindes de Navarra
Las denominaciones de Pago, dentro de las que se enclava Arínzano, están fuera de las D.O. “genéricas” según la ley española. Esto puede crear una extraña disonancia a la hora de valorar el carácter de unas parcelas que  se ubican dentro de un entorno más amplio y, a la vez, le quita a la gran Denominación un elemento de prestigio. Louzada tiene claro que está en Navarra aunque sus blancos y tintos llevan la contraetiqueta del pago y el rosado la de Vino de la Tierra de las tres Riberas ya que, al estar elaborado por prensado directo y no por sangrado, no cumple el reglamento de la D.O.

“En Navarra tienes terruños completamente diferentes. La Ribera del Ebro es más productiva pero la parte alta, en la que estamos, es más semejante a la Rioja Alavesa. En el Pago tenemos muy claro que estamos dentro de Navarra –aunque no de la Denominación– y queremos expresar lo singular de este terruño en relación con la zona”.

“Las D.O. han tenido el éxito que han tenido para desarrollar identidades pero, si son grandes, no pueden expresar las diferencias de origen y menos si las distinciones de precio se hacen según los tiempos de envejecimiento y no se basan en los terruños. Nos faltó dar el siguiente paso, que hubiera sido identificar las singularidades, con lo que lo natural sería que los pagos estuviesen dentro de ellas”.

La ambición de la aventura
Una vez que se entra por la puerta junto con las vendimias, puede apreciarse la grandiosidad del proyecto de Moneo para los Chivite, sus creadores y primeros propietarios. Todo reluce y es de grandes dimensiones, desde una sala de depósitos donde hay no menos de 20 cubas de acero de unos 20.000 litros cada una para la fermentación, ideales para separar las partidas de uva según parcelas y orígenes, hasta las enormes rampas para las cajas que traen los racimos, las prensas milimétricamente exactas que viajan sobre raíles, una despalilladora nueva “que mece los racimos” y una sala de barricas que parece inspirada en la terminal 4 del Aeropuerto de Barajas y que podemos recorrer, caminando en una plataforma elevada que permite sentir los deliciosos aromas de evaporación de las lujosas barricas de roble francés de Borgoña y Burdeos: Radoux, François Frères…

Louzada repite una palabra cuando habla de sus elaboraciones: precisión. Y sabe que tiene un importante reto porque su antecesor manejando estas barricas no ha sido cualquiera sino un verdadero monstruo sagrado de la enología: el difunto Dennis Dubordieu, el bordelés al que llamaban “el papa de los blancos”.

“Sobre su trabajo sólo se puede hablar desde el respeto. Me sorprendió encontrar un chardonnay como el Gran Vino 2010. Me encanta su visión de trabajo con carácter reductivo, a la borgoñona, y hemos seguido el camino que inició pero con el tinto hemos sido más osados. Me gusta jugar con la diversidad de las barricas y creo mucho en la exactitud en el momento de la maceración, como ya me ocurrió en Numanthia, aunque no intento hacer el mismo vino en todos lados. He estado en Australia, Brasil, Argentina, España, California, Portugal… Lo que intento es llevar la expresión del terruño a la botella. De la elaboración, lo que me apasiona es el ejercicio creativo. Ir a ver y probar la uva en la viña, cuando vas sintiendo hacia dónde quiere ir y a donde te puede llevar. Pensar ahora en lo que vas a tener dentro de cinco años, encajar todas las piezas y tomar las decisiones adecuadas. Los grandes vinos son vinos de detalle”.

 

Publicado en: sobremesa.es


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